Diferencias entre la pizza Romana y la Napolitana.
Hablar de pizza es hablar de Italia. Pero si hay algo que los italianos saben mejor que nadie, es que no existe una sola forma de entenderla.
En cada región, y a veces en cada calle, la pizza se transforma, adopta un carácter propio y refleja la identidad de quien la prepara. Entre todas las variantes que existen, dos estilos destacan como los grandes referentes: la pizza napolitana y la pizza romana.
Ambas comparten una misma base (harina, agua, levadura, sal y tomate), pero las diferencias entre una y otra van mucho más allá de los ingredientes. Desde la textura hasta el tiempo de horneado, pasando por la forma en que se come.
La pizza napolitana: la cuna de la tradición
Nápoles no solo es la cuna de la pizza; es casi una religión. En sus calles nació la receta más clásica, reconocida por la UNESCO como Patrimonio Inmaterial de la Humanidad. La pizza napolitana es la esencia de la sencillez italiana: pocos ingredientes, mucha técnica y una masa que habla por sí sola.
Su gran secreto está en la hidratación y fermentación. La masa napolitana tiene un alto contenido de agua, entre el 60% y el 70%, y una fermentación lenta que puede durar hasta 24 horas. Ese proceso da como resultado una textura suave, ligera y elástica, con un borde aireado (el famoso cornicione) que se hincha en el horno y conserva pequeñas burbujas doradas.
Otro elemento clave es la temperatura. Las auténticas pizzas napolitanas se hornean en hornos de leña a más de 450 °C, durante apenas 60 a 90 segundos. Este horneado exprés permite que la base quede cocida, flexible y ligeramente húmeda en el centro, mientras el borde se mantiene tierno y esponjoso.
En cuanto a los ingredientes, la tradición manda: harina tipo 00, tomate San Marzano, mozzarella di bufala, aceite de oliva y albahaca fresca. Nada más. El equilibrio perfecto entre dulzura, acidez y textura.
Por eso, cuando se dobla una porción napolitana por la mitad, no se rompe: se adapta. Se come con las manos, se disfruta con calma y, sobre todo, se respeta.
La pizza romana: el crujido de la capital
Si la napolitana es pura suavidad, la pizza romana es su contrapunto crujiente. Nació en la capital italiana y refleja el ritmo y la practicidad de la vida en Roma: rápida, directa y con un toque de carácter.
La diferencia más evidente está en la masa. La romana tiene menos agua (alrededor del 55%) y lleva una pequeña cantidad de aceite de oliva, lo que le da su textura fina y crocante. No busca hincharse, sino estirarse. Su corteza es casi inexistente, y al morderla se percibe ese sonido inconfundible del pan perfectamente tostado.
El tiempo de horneado también cambia: unos tres minutos a menor temperatura, lo suficiente para que se dore sin quemarse y adquiera un color dorado intenso.
Mientras la napolitana se pliega, la romana se quiebra. Y ahí reside su encanto.
En Roma, además, existen dos formatos principales:
- Pizza tonda romana, redonda y servida en plato, ideal para comer en restaurante.
- Pizza al taglio, rectangular y vendida por porciones, pensada para llevar o disfrutar de pie mientras se pasea por las calles de la ciudad.
Ambas versiones comparten ese espíritu romano de disfrutar sin complicaciones, con ingredientes sencillos y combinaciones irresistibles como prosciutto e funghi, diavola o margherita croccante.
El arte de la masa perfecta
Detrás de cualquier gran pizza, sea romana o napolitana, hay un proceso que combina técnica, tiempo y pasión. Amasar no es solo mezclar ingredientes: es trabajar el aire, controlar la humedad y dejar que la levadura haga su magia.
Los pizzaiolos más experimentados coinciden en que una buena masa requiere paciencia y respeto por los tiempos de reposo. No hay atajos. Y es precisamente ese respeto lo que hace que cada bocado cuente una historia distinta: la de los hornos de leña napolitanos o la de las tabernas romanas donde la pizza cruje al partirse.
Entonces, ¿pizza romana o napolitana?
En el fondo, no existe una única “pizza italiana”. Existen muchas, y todas son auténticas. La romana y la napolitana son solo dos ejemplos de cómo una misma receta puede transformarse en algo completamente diferente según el lugar y las manos que la preparan.
Así que la próxima vez que pidas una pizza, pregúntate qué te apetece: ¿una masa tierna y flexible que se dobla como una caricia napolitana? ¿O una base fina y crujiente que rompe con ese chasquido tan romano?
Lo mejor es probarlas todas y dejar que el sabor te lleve de viaje por Italia.
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